A los 6 años te prometí que nos íbamos a casar, te tomé de las manos, tan chiquitas como las tenías, y te dije que eras único en mi vida. Hoy, diez años más tarde, todavía recuerdo tu cumpleaños, y mi voz afiebrada mientras me llamabas pequeños e infantiles apodos a través del teléfono de nuestras madres.
Tu madre era mi profesora, y quizás eso influyó en que me quisiese tanto, que me peinara y mimara como si yo fuese su hija. Aun hoy, te extraño más a vos que a ella. Tampoco es que fueses mucho, es decir, hoy en día tus manos y las mías ya no cabrían en los guantes abrigados que usábamos para tomarnos de estas en invierno, y el hombre en el que te has convertido no dejaría que una persona como yo te ponga un infantil brillo labial de la sirenita.
Todavía recuerdo tu nombre, y si me esfuerzo lo suficiente, la manera en la que arrastrabas la ‘R’ cuando hablabas conmigo, el calor de tus abrazos y el olor de las magdalenas de vainilla que comíamos con mi mamá. Cuando en algún momento yo lloraba, vos me secabas las lágrimas y me llevabas con la maestra, me peinabas con tus dedos y te dejabas ser lo más sensible que un niño puede ser.
Ayer te vi desde afuera del bondi. Tenés el mismo brillo en los ojos, los mismos dientes torcidos que me sonreían, y tal vez un dejo ilustrativo de gentileza en tu sonrisa. Te reís con tus amigos y me ilusiona pensar que podría estar ahí tomándote de la mano. El frío me baja por la espalda y pinta mi cara de nostalgia y angustia cuando pienso en cuantas otras chicas te han tomado de la mano y las has protegido del helado invierno con guantes cuatro talles más grandes que los que solíamos usar.
Tengo una cara que ya no te expresa lo mismo y la tuya me sigue transmitiendo un amor inexistente que no sé si alguna vez tuviste por mi. Me acuerdo de vos ocasionalmente cuando no puedo dormir y pienso en lo diferente que sos. Creo que medís 180 centímetros y que me falta un abrazo tuyo, que ahora sos más alto que yo y siempre fue al revés. Me falta tu mano en mi pelo cuando lloro.
Para mí, tus labios sobre los míos saben a frambuesa, y nos abrazamos en la noche porque te sigue asustando la lluvia. Vamos al liceo, estamos en la misma clase, y no nos sentamos al lado porque me distraigo mucho dibujando tu cara de perfil. Le cuento a mis amigas sobre vos, y me vas a ver al teatro. Los jueves salimos a caminar y siempre me haces trenzas en el pelo, lo aprendés solo para mí. Usas un perfume que me gusta, que yo te regalé, que elegí con cuidado sólo porque su aroma dibuja una clara imagen de todo lo que me haces sentir.
Me haces reir, me haces llorar y me llenás de una angustia que me sobrepasa cuando me doy cuenta de que todo lo que creo de vos es lo que me acuerdo de cuando teníamos siete, de cuando todavía no habíamos crecido y de cuando lo único que yo sabía de vos es que cuando fuéramos grandes nos íbamos a casar.
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