Humanidad en el insecto
- Mitosis

- 16 may 2025
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El repiqueteo de las gotas de lluvia golpea la ventana del ómnibus, aumenta su velocidad y se sincroniza con los latidos del corazón de la niña sentada al lado mío. Será porque le doy miedo, pienso, y tomo una gran bocanada de aire. Debe de ser fácil para ella, continuo, puesto a que nunca ha de haberse imaginado cómo se siente estar en una piel como la mía. Quizás sean mis garras, o tal vez mis tres pares de ojos, lo que la persigue cuando se baja en la parada. Estoy seguro de que hoy, cuando llegue a su casa, le dirá a su mamá con un tono exagerado, “No sabes el tipo más raro que me encontré hoy”. Su padre, ofuscado, levantará la vista del diario y la rezongará: “no debemos llamar rara a la gente diferente”, y su día se desarrollará con normalidad.
Sigo sentado a su lado, y observo mis garras con confusión. No se sienten muy reales, y al tacto son blandas. Parezco un espécimen recién salido del laboratorio en quien han experimentado múltiples veces y a los ojos de todos, soy un raro insecto gigante. La ropa no me queda como debería, y mis lentes son demasiado grandes para mi cabeza. En el banco de la facultad no puedo sentarme bien y por eso me duele la espalda. Tal vez sea por mi cara que todas las chicas lindas corren de mi cuando me acerco a hablar con ellas, y por eso solo se mirar al suelo cuando estoy fuera de casa. Cuando me bajo del ómnibus, troto velozmente hacia mi complejo de viviendas y no puedo evitar sentir alivio al momento de cerrar con llave.
El silencio es abrumador, la oscuridad reina en la pequeña cocina de la entrada y se aprecia el débil brillo del televisor prendido, un documental creo, cuyo contenido no debe de ser muy interesante. Avanzo lentamente con dirección a mi cuarto sin siquiera pensar en el programa de animales que todavía se escucha de fondo. Al cruzar el umbral, tiro desganado la mochila de la facultad sobre la silla del cuarto y me abalanzo sobre mi cama a una velocidad que sería imposible de no ser por mi amorfidad. El suave acolchado de plumas me envuelve como una canción de cuna y dudo momentáneamente de si son los brazos de mi madre los que me mantienen tibio durante la noche. Las luminosas estrellas de plástico pegadas pobremente en el techo simulan constelaciones diversas y me preguntan que “por qué no soy feliz”. No tengo ganas de responderte, grito al techo y me reprocho cada vez que he replicado de esta manera a mi profesora que se preocupa diariamente de que hable con alguien en la facultad.
Pienso en el horno, que de vuelta me olvidé de apagar al salir por la mañana y en toda la electricidad que debe de haber gastado, en todos los números que deberé pagar el próximo mes. A decir verdad, ya no me queda más plata y mi débil excusa de “no me siento bien” no cubre más que la sucia verdad de que nadie quiere a un humano con características de insecto como empleado. Creo que, según ellos, los humanos reales, no soy más que un bicho sucio. Supongo que es verdad, puesto a que hasta el momento ninguno se dignó a tratarme como igual. No me queda nada por hacer, así que tampoco vale la pena perder el tiempo en dignificar mi vida cuando soy lo que soy. La mayoría de las anomalías, como yo, no vivimos más de treinta y cinco años.
Al momento de ducharme, apago la luz y tapo el espejo. Un cuerpo como este no merece ser visto. Mientras, las gotas de agua humedecen mi exoesqueleto, alertan mis antenas y hacen arder mis seis ojos. Podría intentar parecer más humano, se me ocurre, pero luego pienso en mis facciones. Ningún humano real tendría estas bizarras antenas que deforman mi cara. Mis garras se ven cada vez más extrañas, como si el insecto que soy sé esforzarse cada vez más por destacar toda la fealdad que contiene mi cuerpo.
El silencio se abalanza sobre mi, como un manto negro de tranquilidad. De vez en cuando pienso en volver con mis padres, en escuchar la voz de mi madre llamarme desde la cocina y siento mis lágrimas mezclarse con el agua del lluviero. En mi mente, su voz es monótona y repetitiva, cómo si intentase contarme algo desde abajo del agua. Mi padre, por su lado, quizás me pidiese que me apure para lavarse los dientes, o para acompañarlo al supermercado. Siempre consideramos que el supermercado era nuestro pequeño paseo, un minúsculo chiste entre tantos otros para vincularnos un poco mejor. Pero ni bien pongo una pata fuera de la ducha, la fealdad de la realidad me golpea más que el frío del aire. No hay padre ni madre esperándome para la cena, ni tampoco hay amigos a los que hablarles, personas a las que responderles, nada interesante para mirar en la tele. El gato de la vecina no vino a visitarme y el repartidor del almacén hace tiempo que no deja una nota en la heladera cada vez que sube con la leche.
Miro el techo nuevamente, esta vez acostado sobre el sillón, y no logro que mi pequeña cabeza se llene de palabras. Desde la última vez que vi a mis amigos, antes de mudarme, no puedo formular un pensamiento positivo en mi cabeza. Debe de ser la soledad, ya que antes estaba rodeado de gente igual de extraña, cuyas características se asemejaban a las mías. Por alguna razón éramos todos amigos, pienso, y el silencio que continúa es oscuro y engulle el borde de mi almohada. Extraño el ruido, y el campamento, y el río, la pesca y todo lo raro que podía ser antes de crecer. Ahora tengo dieciocho y parece que mis ganas de volver a mi colorida adolescencia para evitar sumergirme y perderme en el mundo del trabajo adulto escapan de mi en forma de insecto, de algo que nadie quiere ver.


super cutesy !! que bien que escribo !!